15
Junio.
Comparto
con vosotros mi escrito de este mes en Escritura Creativa Aike
(Biblioteca de San Javier).
El
reto consistía en escribir una historia de menos de 500
palabras donde apareciera la frase : “Con los pies bajo el agua”
(Este está basado en un hecho real)
CON
LOS PIES BAJO EL AGUA
La
novia, ya dormía en los “modernos colchones de esponja”. Los de
lana y borra se habían quedado en la casa de campo que les dejaban
los señoritos, para vivir y trabajar en sus tierras. Al irse al
pueblo, aunque seguían llevando ese trabajo ya no vivían en esta
casita.
El
novio se empeñó en que quería para la habitación matrimonial un
colchón de lana. Vamos, de esa lana de verdad, de la que esquilan a
las ovejas. La novia se moría por uno de esos que le llamaban Flex,
pero no pudo convencer al novio. Las madres de ambos se pusieron de
acuerdo para comprar la lana. Bueno, he de decir que las madres en
esos tiempos eran quiénes “dirigían la orquesta” del futuro
matrimonio.
Cuando vi los sacos de lana, por poco me da un “patatús”.
No me había dado cuenta de la mierda que podría llevar una oveja
encima. Aquello no había por dónde cogerlo y tenía mucho trabajo
ponerlo en condiciones. En primer lugar, había que ir a una finca de
riego donde pasara una boquera de agua continuamente. Pedir permiso
al jefe para ver si dejaba lavar allí la lana. Las madres se
encargaron de todo, como siempre.
En un pequeño canal en alto, donde
corría el agua que salía del pozo, allí pusieron una rejilla para
que no fuera a parar a los sembrados. Íbamos cogiendo pegotes de
aquella mierda marrón, que llamaban lana y restregamos hasta que se
quedara limpia y blanca como el algodón.
El siguiente proceso sería
ponerla en el patio al sol para que se secara. Tirarte después tres
días abriendo mechón por mechón y meterlos en la tela que habían
elegido como colchón. Pero, mientras estábamos lavando aquella
porquería, sentía en las manos el placer del agua clara y fresca
que corría por el canal. Era un día caluroso, aún no había
llegado el verano, pero el sol calentaba sin remordimientos. Aún
llevando cada una de nosotras un sombrero de paja, de esos que se
usaban para trabajar en el campo, el calor se hacía visible.
La
novia, (O sea, yo) no pudo resistir la tentación de refrescarse,
ante el asombro de las mamás y amigas de mamás. Me quité los
zapatos, me senté en la orilla del canal y metí los pies dentro.
Allí estuve un buen rato a pesar de las protestas de las lavanderas.
¡Oh, y qué bien se estaba con los pies bajo el agua!
Mari
Carmen Olmos
P.
D. El esposo dormía tan a gusto. La esposa renegando varios años,
haciendo cada mañana la cama de lana, para quitar esos mendrugos que
abultaban. Tenía que verse la superficie lisa. Como "buena
mujer de su casa".