11 Febrero
REFLEXIÓN
De
este fugaz y maravilloso milagro que es la vida, ¿qué
dejaremos?
Nuestros
días pasan uno tras otro, a menudo casi sumergidos en ellos de forma
inconsciente, ahogados por la automatización. Sale el sol, nos
ilumina brevemente con su luz, y cuando nos damos cuenta ya nos
arropa la noche con su dulce manto. Envueltos en esta espiral, hay
una pregunta que me ronda con frecuencia: ¿qué vamos a dejar
aquí?
Dado
lo breve de nuestro paso por el mundo, quizá debamos optar por vías
que magnifiquen la vida; ya que no podemos hacerla más larga, al
menos hacerla más ancha.
Es
entonces cuando surge otra pregunta inevitable: ¿cómo podemos
ensanchar la vida?
Pensamos
en hacer cosas grandes, descubrimientos que dejen una huella
imborrable y trascendental en la humanidad. Y aunque ese es un
proyecto valiosísimo, convertirlo en objetivo principal resulta
difícil y, en ocasiones, casi utópico, algo que se siente lejano e
intangible. Tal vez la cuestión pueda reducirse a algo más sencillo
y cercano.
Algo
que suene más a esto: ¿qué huella dejamos en los demás?
A
menudo infravaloramos la influencia que tiene nuestra presencia en la
vida de otras personas, y la que ellas tienen en la nuestra. Creo que
debemos cultivarnos como personas para ser responsables de las
semillas que plantamos en quienes nos rodean, aun sin tener la
certeza de si algún día germinarán. En esta danza silenciosa que
se da en el encuentro con los otros reside, precisamente, nuestra
responsabilidad.
Sembrar
amor, ilusión, amabilidad, comprensión y compasión. Sembrar luz y
el bien en nosotros mismos y en los demás para que las malas hierbas
no perjudiquen nuestra cosecha, que no es otra que la vida.
Pero
incluso las malas hierbas tienen un propósito: mostrarnos aquello de
nosotros que nos incomoda, nuestro conflicto interno, nuestra sombra,
eso que rechazamos o no queremos mirar, pero que está ahí. Forman
parte de todos y cada uno de nosotros. La actitud necesaria ante
ellas no es negarlas, sino observarlas, escuchar qué nos vienen a
decir, qué nos invitan a trabajar o a cuidar. Y una vez extraída la
lección, arrancarlas, para que no acaben convirtiéndose en una
fastidiosa enredadera.
Cultivar
y cuidar el amor puede ser lo más trascendental que hagamos en
nuestras vidas, y también lo más trascendental que hagamos por los
demás. No hay fuerza más poderosa ni más transformadora que el
amor. Hay gestos pequeños que dejan un impacto enorme en la vida de
alguien. A veces nos empeñamos en lograr algo grandioso y visible,
algo majestuoso que proclame: ¡Este soy yo, este es mi legado! Y sin
embargo, desechamos la posibilidad de que lo más grande que podamos
ofrecer —a otros y a nosotros mismos— sea amar.
Amar
compartiendo la alegría, sosteniendo la pena, escuchando, animando o
simplemente acompañando en el dolor, el sufrimiento o la
incertidumbre de otro ser humano.
¿Acaso
hay algo más grande que buscar exaltar la alegría y aliviar el
dolor de otra vida?
Esperamos
muchas cosas de la vida. Esperamos que sea buena y amable con
nosotros. Esperamos aquello que no está en nuestras manos. Pero a mí
me surgen otras preguntas:
¿qué
espera la vida de nosotros?
¿qué
podemos ofrecerle?
¿qué
podemos dar al mundo que nos rodea?
Quizá
la vida no nos deba nada, y sin embargo nos invita a darlo todo:
cuidado, presencia, intensidad, amor. Tal vez eso, y solo eso, sea
suficiente para que nuestro paso por el mundo tenga sentido.
Enrique Olmos Avilés






