martes, 10 de febrero de 2026

11 Febrero

 

11 Febrero

REFLEXIÓN

De este fugaz y maravilloso milagro que es la vida, ¿qué dejaremos?
Nuestros días pasan uno tras otro, a menudo casi sumergidos en ellos de forma inconsciente, ahogados por la automatización. Sale el sol, nos ilumina brevemente con su luz, y cuando nos damos cuenta ya nos arropa la noche con su dulce manto. Envueltos en esta espiral, hay una pregunta que me ronda con frecuencia: ¿qué vamos a dejar aquí?

Dado lo breve de nuestro paso por el mundo, quizá debamos optar por vías que magnifiquen la vida; ya que no podemos hacerla más larga, al menos hacerla más ancha.
Es entonces cuando surge otra pregunta inevitable: ¿cómo podemos ensanchar la vida?

Pensamos en hacer cosas grandes, descubrimientos que dejen una huella imborrable y trascendental en la humanidad. Y aunque ese es un proyecto valiosísimo, convertirlo en objetivo principal resulta difícil y, en ocasiones, casi utópico, algo que se siente lejano e intangible. Tal vez la cuestión pueda reducirse a algo más sencillo y cercano.
Algo que suene más a esto: ¿qué huella dejamos en los demás?

A menudo infravaloramos la influencia que tiene nuestra presencia en la vida de otras personas, y la que ellas tienen en la nuestra. Creo que debemos cultivarnos como personas para ser responsables de las semillas que plantamos en quienes nos rodean, aun sin tener la certeza de si algún día germinarán. En esta danza silenciosa que se da en el encuentro con los otros reside, precisamente, nuestra responsabilidad.

Sembrar amor, ilusión, amabilidad, comprensión y compasión. Sembrar luz y el bien en nosotros mismos y en los demás para que las malas hierbas no perjudiquen nuestra cosecha, que no es otra que la vida.
Pero incluso las malas hierbas tienen un propósito: mostrarnos aquello de nosotros que nos incomoda, nuestro conflicto interno, nuestra sombra, eso que rechazamos o no queremos mirar, pero que está ahí. Forman parte de todos y cada uno de nosotros. La actitud necesaria ante ellas no es negarlas, sino observarlas, escuchar qué nos vienen a decir, qué nos invitan a trabajar o a cuidar. Y una vez extraída la lección, arrancarlas, para que no acaben convirtiéndose en una fastidiosa enredadera.

Cultivar y cuidar el amor puede ser lo más trascendental que hagamos en nuestras vidas, y también lo más trascendental que hagamos por los demás. No hay fuerza más poderosa ni más transformadora que el amor. Hay gestos pequeños que dejan un impacto enorme en la vida de alguien. A veces nos empeñamos en lograr algo grandioso y visible, algo majestuoso que proclame: ¡Este soy yo, este es mi legado! Y sin embargo, desechamos la posibilidad de que lo más grande que podamos ofrecer —a otros y a nosotros mismos— sea amar.

Amar compartiendo la alegría, sosteniendo la pena, escuchando, animando o simplemente acompañando en el dolor, el sufrimiento o la incertidumbre de otro ser humano.
¿Acaso hay algo más grande que buscar exaltar la alegría y aliviar el dolor de otra vida?

Esperamos muchas cosas de la vida. Esperamos que sea buena y amable con nosotros. Esperamos aquello que no está en nuestras manos. Pero a mí me surgen otras preguntas:
¿qué espera la vida de nosotros?
¿qué podemos ofrecerle?
¿qué podemos dar al mundo que nos rodea?

Quizá la vida no nos deba nada, y sin embargo nos invita a darlo todo: cuidado, presencia, intensidad, amor. Tal vez eso, y solo eso, sea suficiente para que nuestro paso por el mundo tenga sentido.

Enrique Olmos Avilés

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